domingo, 31 de agosto de 2008

LAICISMO EN COLOMBIA

R.M.J.


El Laicismo se soporta sobre la plataforma amplia y generosa de la tolerancia, lo que significa que es uno de los mas importantes instrumentos de convivencia pacifica entre los seres humanos.

Esta precisión es necesario hacerla para expresar la naturaleza y significado del laicismo, que pregona la posibilidad cierta de que todos los seres humanos puedan vivir en común, sin exclusiones, persecuciones ni marginamientos, sin importar sus creencias religiosas o planteamientos filosóficos, en un Estado que cultiva una moral sin dogma.

No es por lo tanto el laicismo un arma arrojadiza, que pueda utilizarse para perseguir a alguien; no somos los laicistas agresores antirreligiosos, ni somos por definición ateos, aunque admitimos que una de las tantas posturas, respetables como las demás, consiste en el agnosticismo y en la no pertenencia a una determinada religión.

Los enemigos del laicismo, son los sectarios y fundamentalistas, que solo entienden el mundo bajo la óptica exclusiva de sus creencias religiosas; hablan de la religión única y verdadera, del dios único y verdadero, se proclaman dueños de la revelación divina, por lo que entienden que quienes se apartan de sus dogmas y creencias, son infieles, están por fuera de la civilización y por lo tanto el Estado, la sociedad así como la Iglesia, deben perseguirlos y marginarlos; ellos no entienden la separación entre el Estado y la Iglesia, han ensayado para ello, las mas extrañas teorías políticas que pasan por la idea de que los príncipes son encarnación divina, o que su unción como gobernantes es un acto divino realizado a través del espíritu santo, que ilumina mediante un soplo la carnadura del mortal escogido, recuerden ustedes que Francisco Franco se proclamaba- Caudillo de España por la Gracia de Dios- y el Preámbulo de la Constitución Colombiana de 1886, invocaba a Dios como fuente suprema de toda autoridad. Estas teorías y tantas otras de su misma estirpe les permitieron y en algunos casos aún les permiten, gobernar y gozar de los privilegios y las prebendas de ser religión Estado, o de manipular un Estado con religión oficial, siempre al lado de los tiranos y en contra de los oprimidos. En el caso de la religión Católica, montaron al final, el cuento del Estado Vaticano, lo cual les ha permitido mantener sus prebendas mediante instrumentos de derecho internacional, como el concordato, que en el caso Colombiano rigió, desde 1887 hasta 1993.

Cómo hubiese sido diferente nuestro país y mas aún cómo sería de diferente nuestro país, pues tendría menos contradicciones y desigualdades, menos injusticias y con seguridad una mejor salud mental traducida en menos agresividad, si la conquista Española desafortunada por muchos aspectos, no hubiese sido realizada con el símbolo de la Cruz como instrumento de dominación cultural, con lo cual propiciaron la destrucción de la cultura aborigen, sus lenguas, sus creencias religiosas, sus costumbres sociales, su libertad y su honor; para imponerles un dios desconocido, una religión a la fuerza, unas reglas de comportamiento social generadoras de la marginalidad, que fueron siempre propiciadas por la iglesia, que se servia de ello obteniendo grandes propiedades de tierra, gran número de esclavos y de siervos, por los que nunca nada hicieron para redimirlos de su condición?

Nuestra época colonial, fue un escenario cruento e ignominioso, que tuvo como fondo la destrucción de una etnia, la explotación de una raza, el saqueo descarado de las riquezas de un territorio, la imposición a la brava de una lengua, de una religión, de una cultura y con ello la formación de una sociedad desigual, con odiosos privilegios para unos pocos y la marginalidad y la explotación inhumana para la mayoría, tarea en la que fueron artífices primordiales los curas católicos, quienes al final echaban mano del santo temor a dios, como una forma de reducción del descontento para mantener sus privilegios.

En nuestro país, la Iglesia Católica, siempre ha sabido estar en la cima del poder del lado de los sectores oscuros y de las fuerzas reaccionarias, fueron amigos de los terratenientes y se opusieron a los cambios reales en la sociedad; después de la independencia, argumentaron a favor de la esclavitud, citando el evangelio. -Éxodo capitulo 21 y Epístola a los Efesios, proclamando que la esclavitud estaba apoyada por los libros sagrados-. Eran los dueños de la educación, la que utilizaban para sus propios fines económicos, para mantener al pueblo ignorante pues no le permitían acceder a ella y también la usaban para mantener el control ideológico de los estamentos dominantes, a quienes no les comunicaban los adelantos de la ciencia y pretendían que nunca se difundiera el pensamiento de Copernico ni el de Galileo, siempre le han apostado a llamar herejía, a los progresos de la ciencia, a la libertad del hombre, a la democracia.

Combatieron en forma brutal el radicalismo liberal, aquella obra social y política realizada por los masones colombianos, que fue el primer intento exitoso de romper con las viejas estructuras coloniales; período político en el que se planteó la existencia de un Estado Laico, de una educación obligatoria y democrática, ceñida a los postulados científicos, donde se creó la Universidad Nacional de Colombia y se les empezó a quitar el poder temporal que apreciaban tanto.

La educación laica y obligatoria, propiciada por el radicalismo liberal, fue combatida abiertamente por la iglesia católica en nuestro país, el clero entendía que se trataba de una enseñanza atea y anticristiana, le negó por lo tanto cualquier apoyo a estos establecimientos, negándose incluso a dictar las clases de religión en ellos y los obispos colombianos excomulgaron a los directores y maestros de las escuelas oficiales y a los padres de familia que envíen a sus hijos a tales instituciones.

Ideológicamente, la Iglesia católica en Colombia, siempre ha estado al servicio de la reacción y ha sido enemiga del progreso del pueblo. El obispo de la ciudad de Pasto, Ezequiel Moreno, dijo desde el púlpito en recordada ocasión “Confieso una vez más que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la iglesia, del renombre de Jesucristo y ruina de los pueblos y naciones”.

En su lucha contra el radicalismo liberal la iglesia se amalgamó con las fuerzas conservadoras, propició el sectarismo y el oscurantismo, las guerras civiles que significaron la derrota del radicalismo y de su constitución de 1863, desatado todo desde la cúpula eclesiástica, y como prueba de ello, es memorable el discurso de monseñor Vicente Arbelaez, Arzobispo primado, desde la catedral de Bogotá cuando en un claro parte de guerra dijo que “cuando la sociedad católica es vulnerada en su doctrina, está en el deber de sostener sus derechos a la fuerza”. Entonces también, en esta ocasión la virgen y cristo rey y la bandera vaticana hacían parte del bando conservador en la contienda, al tiempo que la iglesia excomulgaba a los liberales y a sus obras.

El triunfo de la regeneración, sobre el radicalismo liberal, significó la imposición de un Estado religioso, con privilegios para la iglesia y con graves imposiciones a la sociedad colombiana. El catolicismo, se identificó plenamente con el partido conservador, logrando firmar en 1887, un concordato donde obtuvo el reconocimiento y preponderancia para sus ministros, logrando controles en la educación, convirtiéndose en el árbitro de la moral social, haciéndose al control de los cementerios, adueñándose del registro civil al lograr la preponderancia de la partida de bautizo, imponiendo el matrimonio católico como matrimonio oficial, por encima del matrimonio civil, al que solo se podía acceder previo acto de apostasía, sancionando a las parejas que no contraían matrimonio, distinguiendo para efectos sociales, económicos, afectivos y familiares, entre hijos legítimos e hijos naturales, imponiendo también la indisolubilidad del vínculo matrimonial y manejando, según intereses particulares, los litigios con fuerza vinculante para el estado colombiano, para obtener la nulidad del matrimonio católico, ante la rota romana; así como privilegios impositivos y demás prebendas odiosas y descomunales; dijo al respecto, hablando de su infancia, el presidente masón Alberto LLeras Camargo, que en su época, todo pasaba por manos de la iglesia católica y el poder de los curas era inconmensurable, se les denominaba autoridades eclesiásticas, junto con las civiles y militares y el poder del púlpito y el confesionario, junto con el acto de la excomunión les servía para controlar socialmente sus feudos, era un poder real, indiscutible y odioso. Todo dentro de la iglesia, nada por fuera de ella.

¿Cuanto daño se le hizo a la sociedad colombiana, con este sistema de religión oficial? Sostenemos que ha sido inmenso el daño que se la ha ocasionado. Las actitudes violentas e insolidarias que hoy padecemos tienen mucho que ver con esa práctica excluyente ejercida sin misericordia contra aquellos que no estaban con la religión imperante, por lo que se les marginaba. Así, socialmente era un daño irremediable el ser madre soltera, mujeres a las que se colocaba en la picota pública, sin ninguna posibilidad de realizar una vida plena y feliz, así como también, el vivir en unión libre, lo cual excluía la posibilidad de que sus hijos fueran educados en algunos colegios y quienes sin ser católicos o por considerar con razón que prevalecían las leyes civiles y preferían el matrimonio civil, tenían que soportar el proceso social de la apostasía, denigrante y lesivo.

Cuantas desgracias y tragedias, nos hubiésemos evitado los colombianos, si el matrimonio válido hubiese sido únicamente el civil y este conforme a su naturaleza contractual, hubiese tenido desde siempre la posibilidad de la ruptura del vínculo?, ahora bien, con ello, nada se oponía a que un católico practicante, también se casara ante su propia iglesia y para pertenecer a ella respetara su sacramento, pero ese es un problema del católico practicante con su religión, no con el estado ni con la sociedad colombiana.

El problema es que se han considerado siempre, la única religión verdadera, la del dios verdadero y la de todos los colombianos, con derecho a intervenir mas allá de la relación espiritual con sus adeptos, pretendiéndonos imponer a todos los colombianos, sus creencias, sus postulados éticos, sus mandatos sobre la sexualidad, sus puntos de vista sobre las relaciones de pareja y sus formas de interpretación de las leyes patrias, lo cual es inadmisible.

Cuantos colombianos crecieron en la marginalidad, por culpa de la mácula de ser hijos de uniones libres o llamados naturales, cuantas diferencias se generaron en una sociedad sometida a estas reglas absurdas de una iglesia que pretendió gobernarnos en el mas extremo fundamentalismo.

Muchas de las ciudades colombianas mantienen aún los cementerios universales y masónicos, como un recuerdo imborrable de la intolerancia religiosa, que pretendió en su sectarismo no dar cabida a los restos mortales de aquellos que no pertenecieron a su credo, o que contra su doctrina hicieron uso del derecho a morir, o que fueron liberarles o masones. Esos cementerios son hoy monumentos libertarios que hablan por si solos del mal de la intolerancia religiosa, poco a poco se van convirtiendo en campos floridos, donde las nuevas generaciones recordarán la dolorosa lucha contra los fundamentalismos, que le hizo tanto daño a nuestra sociedad, que se vio dividida, martirizada y ultrajada, por aquellos que no entienden que todos los hombres son hermanos.

La Constitución colombiana de 1991, que significó un importante esfuerzo para recomponer el camino de la tolerancia y propiciar aún sin lograrlo la convivencia pacífica entre nosotros, definió a Colombia como un Estado Laico, con lo cual y a partir de ese momento iniciamos el proceso de separación entre el Estado y la iglesia. No ha sido un camino fácil, en primer lugar porque quien tiene los privilegios trata de conservarlos aún a costa de la Constitución y la ley. En 1993, la Corte Constitucional, se decanto por la inconstitucionalidad del Concordato existente entre Colombia y el llamado Estado Vaticano, decisión que los curas, acompañados por sectarios seguidores, consideran no jurídica y pretenden que aún esta vigente, por fortuna sus acciones jurídicas no tuvieron ninguna acogida. A partir de ese momento, se han logrado significativas decisiones que han permitido retirar a la iglesia enquistada en muchas instituciones como juntas de censura de cine, de establecimientos enseñanza religiosa y otros espacios en los que se percibe la innegable perdida de peso específico de esa iglesia en la sociedad colombiana, desgaste social, que se produce como consecuencia de sus tradicional postura de navegar en contravía de la realidad, del progreso y de la ciencia, la delictiva conducta sexual de sus ministros y la posición cada vez mas critica de los colombianos que ya no se dejan influir por las tradicionales armas de control psicológico (el infierno candente, la excomunión etc) que otrora usaban con éxito en la manipulación de las gentes.

Pero aún estamos lejos de lograr los postulados del laicismo, porque aún existe la persistente tendencia en algunos funcionarios públicos, notoriamente en las fuerzas armadas, donde lo religioso es utilizado como una forma de lavar ciertos actos y darles mas credibilidad en el imaginario colectivo por tener el aval de los jerarcas de la iglesia católica en nuestro medio.

No olvidemos además que los totalitarismos no desdeñan la maquillada bendición de los supuestos santos varones, de voz suave y finas maneras, que avalan cosas que al final resultan inpredicables de tan santos señores, recordemos entre nosotros, al arzobispo Caballero y Góngora pactando en nombre de dios con los comuneros y traicionándolos a nombre del rey para cumplir su cometido de lealtad al monarca contra los intereses del pueblo. Sin que podamos olvidar las gestiones diplomáticas de la iglesia comandad por Eugenio Pacelli, ante régimen nazi, contra los judios y sus acuerdos con Benito Musolini en Italia, para consolidar la precaria territorialidad del Estado Vaticano. En otras palabras todos los dictadores y violadores de los derechos humanos, Videla y su cohorte en Argentina, Strossner en Paraguay, Pinochet en Chile, Franco en España, han tenido muy buenas relaciones con la cúpula eclesiástica, como una carta de presentación popular.

En Colombia los hemos visto sentados con personajes como Pablo Escobar, acordémonos del padre García Herreros, el inquisidor Alfonso López Trujillo recibió jugosas contribuciones de Escobar y Monseñor Darío Castrillón contó con la colaboración eficaz de Carlos Ledher en la construcción de casitas en Pereira, y últimamente hemos visto a la jerarquía católica colombiana interponiendo sus buenos oficios con los jefes para-militares. Estas son labores de maquillaje y de lavado de imagen, es un oficio que se cobra, claro esta que también deben incluir peticiones celestiales, por tan siniestros personajes.

Ninguna entidad oficial debe tener capellanes, que además son pagados con dineros oficiales, los actos oficiales no pueden celebrarse, recordarse o lamentarse con misas ni tedeums, etc.

El Estado Colombiano requiere retomar el control de la educación, impidiendo que existan establecimientos educativos en los que se burle el postulado de la libertad religiosa, o donde se discrimine el alumnado o el profesorado por tener un credo diferente o simplemente no tener ninguno, porque esto ocurre a diario en nuestro país.

Pero mas grave resulta, la posición contestataria que han asumido algunos jerarcas católicos frente a las decisiones jurisprudenciales y legales que son contrarias a la doctrina de su Iglesia, y que ellos asumen con rebeldía utilizando los medios de comunicación para subvertir el orden llamando a la desobediencia civil y ofender a quienes toman estas decisiones o deben realizar las acciones correspondientes. Hablamos de los casos de la Eutanasia y del aborto, en los cuales legalmente se han tomado decisiones que permiten la aplicación de la eutanasia bajo ciertas condiciones lo mismo que el aborto. Nuestra crítica a los jerarcas católicos, no radica en que ellos desde el punto de vista de su iglesia, manifiesten al interior de sus iglesias su critica a tales decisiones, es más pueden advertir que la mujer católica que aborte deja de ser católica, como le debe ocurrir a quien favorezca la eutanasia, advertirle incluso que quien se deje aplicar la eutanasia se va para el infierno, pero lo que no es posible, es que ese jerarca católico, se sienta con derecho a ofender a los jueces y médicos colombianos que han tomado y ejecutado estas decisiones y lanzar sobre ellos públicamente el anatema de la excomunión, como si Colombia fuera un Estado Católico y como si todos los colombianos fueran católicos (pero nada hacen contra aquellos curas que caen en delitos graves como la pederastria, la aplicación de anatemas contra los de ruana solamente, irónico)*. Deben existir mecanismos para que la iglesia no siga pretendiendo manipular las instituciones estatales, para que no pretenda como lo hizo el mencionado jerarca frente a estos asuntos llamar a la rebeldía e invocar la objeción de conciencia, porque si un católico convencido así lo hace, debe en ese mismo acto renunciar a su cargo.

Desconfiemos también, de los llamados misioneros, cualquiera que sea su religión, que cumplen una tarea de penetración cultural con el pretexto de salvar almas, el laicismo como política estatal de separación entre la Iglesia y el Estado, no puede admitir que a nombre de la caridad o de la superioridad o de la civilización se orade culturalmente un grupo humano y se le imponga un dios y una religión desconocida.

No se trata entonces de perseguir a nadie, se trata es de colocar las cosas en su lugar para que podamos lograr la convivencia derivada del respeto por las creencias religiosas de los demás, en la seguridad de que las religión cualquiera que sea no es un ente de poder, es mucho mas que eso, es la alianza espiritual de hombres y mujeres, que han definido una forma particular de relacionarse con la divinidad y de cumplir su vida conforme a esa definición, pero respetando las creencias de los demás, sin pretender manipular el Estado, ni utilizarlo para imponer sus criterios religiosos; bastante lograría, por ejemplo la religión católica, si lograra que sus adeptos fueran mejores católicos cumpliendo con los diez mandamientos, el laicismo espera eso, pero lo que no puede permitir es que la iglesia pretenda gobernar o cogobernar como si fuera un órgano político dando instrucciones de voto o de actuación a sus fieles, eso supera los lindes de la religiosidad y no debe ser permitido.
* nota del editor

sábado, 30 de agosto de 2008

Un humanismo liberado de los dioses...


Por Philippe Grollet – presidente del CAL (Bélgica)


Desde los albores de la humanidad, los hombres han estado confrontados al temor de un medio hostil e incomprensible y a la angustia de la muerte.

Para explicar lo incomprensible inventaron los dioses. Para vencer sus miedos recurrieron a la magia y para enfrentar la muerte imaginaron otros mundos paradisíacos, a dónde sus dioses podrían conducirles luego.

Al principio, estos dioses eran el sol, el fuego, el mar, la selva. Eran lo que los hombres veían alrededor de ellos y lo que les dominaba, les alimentaba y, también, les mataba.

A los pueblos bárbaros y crueles les correspondían dioses bárbaros y crueles. Como todavía es el caso ahora, el Dios de los fanáticos es intolerante y fanático. Mientras el dios de los humanistas, sean estos judíos, cristianos, musulmanes hinduistas u otros, es un dios de amor, de generosidad y de apertura.

Es el hombre quien crea a « Dios » a su imagen y semejanza.

Con el paso del tiempo, las religiones organizaron las relaciones de los hombres con sus dioses. Garantes de la mitología, codificaron la historia de los dioses.

Estas operaron la distinción entre el « verdadero Dios » (el suyo) y los « falsos dioses » (los dioses de los otros). Sus rabinos, sus padres, sus imanes, sus pastores se ofrecieron como intérpretes de los dioses y la autoridad que de esto se desprende les volvió moralistas, para lo mejor y para lo peor.

Los dioses y las religiones favorecieron la superación personal y contribuyeron a presentar a los individuos otra dimensión de lo humano: más allá de mi « yo », de la familia e incluso de la tribu.

Pero, a menudo, las religiones han pretendido poseer la verdad y, en todas las épocas, se han dejado instrumentalizar por los jefes y los brujos, los hombres de poder y los altos funcionarios religiosos quienes no se privaron de utilizar a Yahvé, a Jesús, a Alá para asentar su autoridad, para extender su poder y para conducir a los hombres a la muerte y así satisfacer sus cínicos intereses.

Ahora todavía se mide hasta que punto la religión es utilizada en prácticamente todos los conflictos que ensangrientan la tierra.

Por otra parte, las profundas mutaciones sociales, políticas y tecnológicas del último siglo y, particularmente, de los últimos años, han hecho surgir en todos los dominios una cantidad de nuevas preguntas. Ante las mismas, no se puede imaginar el encontrar respuestas, o en su defecto, enseñanzas útiles en las doctrinas religiosas ancladas en textos milenarios que, evidentemente, no pueden explicar las problemáticas contemporáneas.

Se imagina acaso encontrar en la Torá, los evangelios o en el Corán indicaciones sobre la manera de codificar la fecundación humana o las investigaciones sobre los embriones? Es cierto que se intenta hacerlo, pero la mistificación es demasiado evidente.

Una idea bastante antigua ya…

En el siglo sexto antes de JC en Jonia, los pensadores precursores se alejaban ya de la explicación del mundo a través de los mitos y se ponían a buscar una explicación de los fenómenos naturales que fuese aceptable para la razón.

Protágoras de Abdera (485-411), figura de avanzada de los Sofistas, proponía ya un pensamiento subversivo, tanto desde el punto de vista de la religión como desde la política. Es a él a quien debemos este aforismo de una sorprendente modernidad: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Lo cual le valdrá ser condenado por impío por parte de los atenienses.

Para Diagoras de Melios, (415 antes de JC), “la creencia en los dioses nació del pavor de los hombres ante los fenómenos naturales”.

Los Escépticos, dando una definición positiva de la duda, aparecen como los precursores del libre examen: Pyrron (360 – 272 antes de JC) introduce la idea de“ que es imposible el conocer la menor verdad y que se debe entonces suspender su juicio”.

Por fin, Epicuro (341 – 270 antes de JC), liberado de los dioses, substituye a su adoración la búsqueda de la felicidad, proponiendo una realización terrestre al hombre: “En lo que concierne los dioses, no hay nada que temer. Asimismo, no hay nada que temer a la muerte. El ser humano es capaz de ser feliz. Puede soportar los dolores de la existencia.”

En la vieja Europa, un número cada vez más grande, que se avecina en Bélgica 30 o 40 por ciento de la población se alejan de las mitologías… y de las religiones que las sostienen. Un fenómeno similar es observable y gana incluso, pero con un efecto retardado, a la Europa Central y Oriental.

Este fenómeno es observable en diferentes grados en todos los continentes, cada vez que el nivel general de la educación favorece la emergencia del espíritu crítico.

Esto no quiere decir que todas estas poblaciones se viertan en el nihilismo, el cinismo o en el inmoralismo, incluso cuando muchos, al interior y al exterior de las religiones, pueden estar tentados por el repliegue hacia sí mismos y por la adoración de un nuevo dios, el dios-mercado.

El laicismo filosófico no es una “religión en defecto de”, que caracterizaría a todos aquellos quienes se han alejado del catolicismo o del Islam; del cristianismo, del hinduismo o del budismo; de las religiones del Libro o de los animismos…

Ciertamente, el laicismo filosófico no se reconoce en ningún Libro fundador. De hecho, éste no honora a ningún Dios, a ningún profeta y no reconoce a ningún maestro de pensamiento. Pero se inscribe en la tradición humanista que, desde Protágoras hasta nuestros días, pasando por los filósofos del Siglo de las Luces pusieron al hombre en el centro de los valores, forjando poco a poco estos conceptos, uno de los cuales es retomado en el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derecho. Están dotados de razón y de conciencia y deben actuar los unos para con los otros en un espíritu de fraternidad.”

Libertad – Igualdad – Fraternidad

Y, entonces,
libertad de pensamiento,
libre examen,
conquista de la ciudadanía
aspiración a la emancipación,
exigencia de justicia,
capacidad de rebelión,
rehabilitación de la felicidad y del placer, respetando al otro
Frente a los desafíos actuales, la pérdida de sentido, la decadencia de los valores colectivos en provecho de un individualismo exacerbado o de un retorno de algunos a una concepción sectaria y dogmática de lo religioso; frente a la desorientación moral, a los choques culturales, al empobrecimiento constante del Sur frente al Norte y de los menos favorecidos de este Norte frente a los ricos del Norte y del Sur, el laicismo filosófico es, evidentemente más necesario que nunca.

Conjugada a la acción de los demócratas de todas la convicciones (confesionales o no), éste debe ahora poder afirmarse aún con mayor urgencia, ya que las referencias antiguas (Dios, el padre, el patrón, el jefe de familia, trabajo y patria), pertinentemente desacralizados, dejan para muchos de nuestros conciudadanos un vacío, el cual se vuelve cada vez más evidente y cuando no es posible concebir cómo las religiones podrían volver a ganar la credibilidad perdida.

En una sociedad multicultural y multiconviccional como se han vuelto todas a diversos niveles, la prioridad, entre cualquier otra prioridad, es la de “vivir juntos”.

Con el curso de los siglos, la vieja Europa ha pagado un terrible tributo a las guerras de religión. La doctrina “un príncipe – una religión”, que pretendía crear la unidad del Estado (y la paz interior) con la sumisión del pueblo a la religión de su rey, ha sido suplantada por el modelo de “laicismo político”.

El laicismo político, con modalidades muy diversas, se impuso progresivamente en todos los Estados democráticos. El modelo francés, del cual la ley de separación de las Iglesias del Estado y es el instrumento más conocido, no es sino una de estas modalidades. El “laicismo a lo belga” es otra. Y cada Estado de derecho, en función de su historia y de las relaciones sociales internas, ha organizado las relaciones entre la política y las religiones.

La constante del estado laico, como ha dicho nuestro amigo Jorge Carvajal Muñoz, es que éste tiende a la imparcialidad en materia filosófica y religiosa, que se rehúsa de intervenir en los asuntos interiores de las comunidades confesionales, como también rehúsa a las iglesias el intervenir como tales en los asuntos del estado y tiende a no acordar ningún privilegio a la religión dominante y a no imponer ninguna carga particular a los ciudadanos en razón de su pertenencia o no a una religión o a otra.

Es lo que se llama también « la separación de la Iglesia y del Estado”. Una separación ideal de las Iglesias no existe en ninguna parte. Ni en los estado Unidos, ni en Francia, ni en Bélgica, ni en los raros Estados que han inscrito oficialmente la separación de la Iglesia y el estado en su Constitución, pero que actúan, de hecho, como si hubiese una religión de Estado.

Sea que se trate de construir una sociedad justa, progresista y fraterna, dotada de instituciones públicas imparciales, garante de la dignidad de la persona y de los derechos humanos… o de defender, en el seno de esta sociedad una concepción filosófica liberada de los dioses (o más exactamente liberada de los impostores que se pretenden sus emisarios), el trabajo no se terminará nunca, como la construcción de la democracia no se terminará nunca. Pero dejará, de generación en generación, nuevos desafíos que enfrentar, día tras día.